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A Dios debe de gustarle el dinero

Es sólo una suposición. Visto lo visto, que desde los diezmos del siglo X hasta las exenciones fiscales del siglo XXI, nada parece haber cambiado, uno se inclina a pensar que en realidad, ese Dios del que tanto hablan todos debe tener un amor insano por la pasta.

Desde que el mundo es mundo y la sociedad está atrapada en las garras de la ignorancia y el miedo, se nos dice que todo eso de pagar o dejar de pagar se hace para contentar a Dios en su supuesto plan supremo, como si el hecho de darle una propinilla, por cuantiosa que sea, fuera como sobornar discretamente al camarero que te elije la mesa en un restaurante caro. Así de cutre y así de estúpido, vale, pero hasta cierto punto, en un plano meramente privado, uno puede creer lo que le apetezca.

Tal y como yo lo veo, uno puede creer en los Kinglons (y de hecho seguro que más de uno lo hace) o en Frank Sinatra. Cualquier tipo de idolatría, mitomanía u obsesión tiene siempre el mismo fondo: tratar de poner órden en el caos. La vida es tirando a insatisfactoria muchas veces, por lo que uno no se va a poner moralista porque a mi vecino le dé por hacer acupuntura, fumar porros o masturbarse con una soga al cuello. Ellos sabrán.

El problema viene cuando se empiezan a confundir churras con merinas, lo real con lo irreal, y la ley humana con la ley divina. La existencia o no de un ser sobrenatural que rige cada detalle de nuestras vidas (pensamiento que, en realidad a mí me da más miedo que otra cosa) es un tema que le dejo a los teólogos. Pero no se puede legislar teniendo en cuenta a Dios. No se puede pedir a los gobiernos que lo tengan más en cuenta en su toma de decisiones. Los gobiernos terrenales son gobiernos terrenales. Tienen problemas aquí y ahora, en las ciudades y en las calles, y tienen que ser eficientes y satisfacer las necesidades básicas de la población. Los asuntos religiosos son materia privada, y como mucho una cuestión de comunidad.

El pensamiento mágico, las narrativas mitológicas, son parte de nuestro background popular, de las maneras que tenemos para entender el mundo, PERO NO SON REALES y no nos puede afectar a nivel de calle, a nivel de lo que cobramos o dejamos de cobrar, o de lo que le damos al Estado.

Somos seres humanos, por Dios. Y no comemos aire, ni queremos ser ascetas. Yo en concreto no tengo ninguna necesidad de que nadie venga a salvarme. Que nos dejen en paz ya de una vez con sus cuentos para asustar a los niños, y nos dejen legislar y trabajar para que en nuestra realidad no pesen tanto el miedo a la muerte, el pensamiento dogmático, la censura, la represión moral y todas esas estupideces montadas en torno a la negación de que el ser humano es una animal y punto.

Complejo y alucinante, pero animal al fin y al cabo.